Más allá del bien y del mal
Más allá del bien y del mal Quien ha seguido la historia de una ciencia particular encuentra en su desarrollo un hilo conductor para comprender los procesos más antiguos y más comunes de todo «saber y conocer»: en uno y otro caso lo primero que se ha desarrollado han sido las hipótesis precipitadas, las fabulaciones, la buena y estúpida voluntad de «creer», la falta de desconfianza y de paciencia, —nuestros sentidos aprenden muy tarde, y nunca del todo, a ser órganos de conocimiento sutiles, fieles, cautelosos. A nuestros ojos les resulta más cómodo volver a producir, en una ocasión dada, una imagen producida ya a menudo que retener dentro de sà los elementos divergentes y nuevos de una impresión: esto último exige más fuerza, más «moralidad». Al oÃdo le resulta penoso y difÃcil oÃr algo nuevo; una música extraña la oÃmos mal. Al oÃr otro idioma inten—tamos involuntariamente dar a los sonidos escuchados la forma de palabras que tienen para nosotros un sonido más familiar y doméstico: asÃ, por ejemplo, el alemán se formó en otro tiempo, del arcubalista oÃdo por él, la palabra Armbrust [ballesta]. Lo nuevo encuentra hostiles y mal dispuestos también a nuestros sentidos; y, en general, ya en los procesos «más simples» de la sensualidad dominan afectos tales como temor, amor, odio, incluidos los afectos pasivos de la pereza. —Asà como hoy un lector no lee en su totalidad cada una de las palabras (y mucho menos cada una de las sÃlabas) de una página —antes bien, de veinte palabras extrae al azar unas cinco y «adivina» el sentido que presumiblemente corresponde a esas cinco palabras —, asà tampoco nosotros vemos un árbol de manera rigurosa y total en lo que respecta a sus hojas, ramas, color, figura; nos resulta mucho más fácil fantasear una aproximación de árbol. Continuamos actuando asà aun en medio de las vivencias más extrañas: la parte mayor de la vivencia nos la imaginamos con la fantasÃa, y resulta difÃcil forzarnos a no contemplar cualquier proceso como «inventores». Todo esto quiere decir: de raÃz, desde antiguo, estamos —habituados a mentir. O para expresarlo de modo más virtuoso e hipócrita, en suma, más agradable: somos mucho más artistas de lo que sabemos. —En el curso de una conversación animada yo veo a menudo ante mà de un modo tan claro y preciso el rostro de la persona con quien hablo, según el pensamiento que ella expresa, o que yo creo haber suscitado en ella, que ese grado de claridad supera con mucho la fuerza de mi capacidad visual: —la finura del juego muscular y de la expresión de los ojos tiene que haber sido añadida, por lo tanto, por mi imaginación. Probablemente la persona tenÃa un rostro completamente distinto o, incluso, no tenÃa ninguno.