Mi hermana y yo

Mi hermana y yo

Uno de los nuevos huéspedes de esta casa es un converso al catolicismo. Usa su cruz conspicuamente, y oí que le decía al doctor que no intervendrá en ningún servicio que no sea primeramente aprobado por su sacerdote. Esto me recuerda el tiempo en que mi amigo y camarada Romundt, un maestro de Schopenhauer e incrédulo si alguna vez conocí a alguno, anunció públicamente su intención de unirse a la Iglesia de Roma. A mí y a los otros asociados de la universidad nos hizo la misma impresión que si nos hubiera dicho que estaba cansado de ser un hombre y que en una fecha futura entraría en una jaula del zoológico local para convertirse en mono. ¿Qué lo ha fatigado tanto de la aventura de pensar?, le preguntamos, y por supuesto, no contestó. Cada vez que oigo a alguien, casi nadie, que ha sido instruido en la fe, tengo el mismo curioso sentimiento. Nadie se convierte al catolicismo por inspiración. Se debiera instruir a la gente sobre la forma de vivir en una religión en la cual el ochenta por ciento de sus adherentes son semiliteratos.

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