Mi hermana y yo
Mi hermana y yo Pero esta Napoleón de dormitorio, esta estratega de infinitas campañas en las batallas desnudas de los sexos, era puramente corporal al compararla con Lou, cuyo vestuario de estudiada simplicidad sólo acentuaba los voluptuosos contornos de su cuerpo, y cuyo penetrante perfume, tan provocador como el desnudo encanto de Elena, inducía a la pasión, al místico ritual de Afrodita.
También como George Sand, ella era una ley en sí misma, y sólo una mujer puede desafiar las leyes del hombre y de la naturaleza sin sufrir la venganza de los dioses. A las mujeres, como a los judíos, nunca se les permitió la condición de mortales: o son ángeles o son demonios, o ambos a la vez, y están colocados sobre los peldaños de la escalera de Jacob que une el cielo con el infierno. No desean existir porque son la existencia misma, y personifican el principio eterno del mal y del bien. Ya que la mujer es una fuerza elemental, es tan ridículo acusar a una mujer por faltar a la moral como lo sería condenar al rayo por herir a una iglesia, burlándose así de Dios.
Arístides fue condenado al ostracismo porque el pueblo se cansó de llamarlo el «justo», y los hombres se exilian a sí mismos de la buena conducta humana para tratar de justificarse a sí mismos a expensas del Eterno Femenino, el telón de los siglos. Y al contemplar a la humanidad en conjunto, a la sobria luz del realismo, estoy de acuerdo con la exclamación de Lessing: