Mi hermana y yo
Mi hermana y yo He tratado de convertir la filosofía en un arte, el arte de vivir. Con este objetivo a la vista seguí el ejemplo de Empédocles de Agrigento y traté de organizar todo el conocimiento en una unidad total, para que armonizara con la sinfonía de los planetas. Música, poesía, ciencia, filosofía, ética, política y literatura, todo lo estudié para establecer la hegemonía del hombre sobre la naturaleza, de manera que pudiera superarse hacia su «divina virilidad», y alcanzar la meta del Superhombre.
Pero como no había amor en mi era, ni en mi vida privada, no pude concebir ningún «amor» cósmico arraigado en los miembros del hombre, como lo hizo Empédocles, y del conflicto cósmico entre el amor y la lucha que por sí mismo se armonizan en el proceso dinámico del vivir, sólo quedó para mí, la lucha, la brutalidad pura del darwismo social. Fue Lou Salomé la que se evadió con su tesis tolstoiana de la hegemonía del amor sobre el odio, tesis que el mismo Empédocles había ya desarrollado y en la que perdí mi fe cuando, niño aún, se me expuso al helado puritanismo de Naumburg con su escalofriante atmósfera de gazmoñería y decoro.