Mi hermana y yo

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CAPÍTULO SEXTO

1

Una mujer pasó ante mi ventana ayer por la mañana y cuando su última vislumbre se desvaneció en mis ojos, se llevó, con ella toda mi ternura.

Me gustaría describir esto en detalle, porque creo que es una de las pocas experiencias vitales posibles para un enfermo o un prisionero.

(¿No podría, por lo menos, conjeturarse que el enfermo y el preso forman el suelo fértil donde crece todo lo bello y deseable en los fondos de esta fea fábrica?).

Vi el desvaído contorno de su faz, velada por la distancia, pero nada supe captar de su cara, el objeto con el cual se soñaría y viviría. Una larga capa marrón que caía descuidadamente de sus hombros cubría su alta y lánguida figura. Era una tarea desesperada adivinar sus senos, su cintura, sus caderas y sus pies.

Nunca tuve la oportunidad de saber siquiera aproximadamente cómo serían sus ojos.

Cuando se aproximó a mi vista se transformó en la encarnación de todas mis esperanzas. Mientras mis ojos la gozaron, significó todo lo que conocía de la belleza. Y cuando finalmente desapareció en el paisaje quedé en el éxtasis de la dulzura.


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