Mi hermana y yo
Mi hermana y yo Es mejor que el mundo ignore —por lo menos mientras ella viva— que Elisabeth desempeñó el mismo papel en el drama de mi vida que Augusta en la vida de Byron. Como ella, Elisabeth era un amortiguador y un amparo contra el déspota materno cuyas lanzas del ridÃculo y de la estupidez se estrellaban en su sarcasmo, hasta que Elisabeth asumió el papel de tirano maternal no bien comencé a demostrar interés en el bello sexo. Para conservar su dominio sobre mÃ, me sedujo hacia el pecado de los egipcios, y pude libertarme asà de mi enferma conciencia luterana, y hermané al mismo Satán en mi pecado.
Byron también sintió que era igual a Satán, y su conciencia calvinista tropezó con la roca de la certeza de haber superado a los más grandes pecadores —Manfredo y CaÃn— y alcanzado la perversidad de este último. Augusta hizo posible que se sentara junto al trono de su majestad Satanás, a quien Schopenhauer situaba en el cielo. Pero Elisabeth elevó aún más mi orgullo: no podÃa tolerar el compromiso satánico, ya que debÃa permitir a un gobernante como superior mÃo, de modo que mantuve mi autoridad y me convertà en un Superhombre, el monarca del universo. Como ya he escrito: «Si hubiera dioses, ¿cómo soportarÃa yo no ser un dios? Por consiguiente no hay dioses».
12