Mi hermana y yo

Mi hermana y yo

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El idealismo moral no puede vencer las compulsiones económicas de nuestra «era del poder»: Ruskin, Carlyle y los otros ingleses estúpidos, especialmente John Stuart Mill, no han aprendido el hecho básico de la vida moderna.

Si yo no fuera César sería Cristo, el socialista, montaría un asno y cabalgaría hacia Jerusalén con Carlos Marx. La lujuria del poder de los marxistas iguala el ansia de poder de los nietzscheanos, pero prefiero cabalgar a Jerusalén en un corcel árabe que en un asno proletario.

Brandes me llama un radical aristócrata, y soy exactamente eso. En la morada de mi padre hay muchas mansiones, pero ¿quién sino un judío puede desenmascararme y revelar el rostro de Disraeli, el «tory» radical? Los reaccionarios extremos y los radicales extremos son hermanos de sangre: ambos tienen desprecio por el fraude liberal y humanitario, y sólo conocen un camino para el éxito: el camino del «dominio».

Hay que regir al pueblo con mano de acero y yo profetizo una era de Césares proletarios que, influidos por Rousseau como lo ha sido Marx, llegarán a ser caudillos de las dictaduras democráticas, donde la voluntad de un albañil o de un planchador de pantalones se identifica con la voluntad de Dios y está codificada por leyes draconianas escritas en letras de sangre.

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