Mi hermana y yo

Mi hermana y yo

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Si se puede transmitir un pensamiento de una persona a otra con palabras concebidas y asociadas pero no manifestadas, ésa constituía mi primera comunicación a Elisabeth, al volver a la casa del sueño (tan extrañamente familiar para mí, tal como la recuerdo): Hay tres camas en esta casa, y dos de ellas permanecerán desocupadas durante todo el tiempo en que pueda influirte…

Este pensamiento nunca se le hubiera ocurrido a Elisabeth. En caso de sugerírselo, ciertamente habría reaccionado en forma violenta y desfavorable. El mundo de mi hermana es el de luces y sombras dispersas, las luces de sus verdaderas pasiones y las sombras de las ideas falsas con las cuales el mundo la ha hechizado. No se puede esperar, bajo ninguna circunstancia, que actué tan definitiva e imperiosamente como lo hago yo. Pero la semilla del pensamiento puede sembrarse en su mente. Con un hermano enfermo, tan necesitado de cariño y simpatía, ¿quién puede predecir lo que pueda suceder?

Por todo lo que ha pasado entre nosotros (directamente en nuestros años de infancia, y directa e indirectamente luego) no es, ni hermana ni ninguna de las otras cosas —consejera y sostén espiritual— como hubiera querido que yo y el mundo pensara que era. Para mí, Elisabeth es primeramente una mujer, el soleado y caluroso puerto hacia el cual gravita toda mi vida.

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