Mi hermana y yo
Mi hermana y yo Hoy tuve otra de esas conversaciones con mi hermana que ponen a prueba. Mi madre, como de costumbre, vino con ella y también como de costumbre se quedó en la puerta del consultorio en lugar de acompañarme en la visita.
¿Por qué esta amabilidad súbita?, le pregunté a Elisabeth.
Culpa tuya, Fritz, me respondió. La sacas demasiado de sí misma cuando la sometes a tu conversación. ¿No te imaginas que goza más estando aquí sin verte?
Puedes consolarte con el pensamiento de que tú sola me torturas por las dos.
¿Cómo te torturamos?
Espiándome. Mamá espía en la oficina mientras tú lo haces aquí. ¿Por qué no me dejáis en paz?
¿No quieres que vengamos más aquí?
Mi corazón empezó a fallar. La verdad es que no lo sé realmente.
De súbito me miró con agudeza y clavó en mis ojos su peligrosa mirada.
¿Escribes algo aquí?, me preguntó.
He escrito bastante sobre el mundo, le dije. Deja que el mundo escriba ahora sobre mí.
Eso ya sucede, me aseguró. Brandes y Strindberg no son ahora los únicos que proclaman tu genio. Hay otros, muchos oíros. Hasta me han pedido que escriba mis impresiones sobre ti.