El arte de no encajar
El arte de no encajar Las “observaciones” se convirtieron en terapias, en visitas a especialistas, en evaluaciones que parecían más interrogatorios que pruebas médicas.
—¿Responde a su nombre? —A veces. —¿Hace contacto visual? —Poco. —¿Juega con otros niños? —Prefiere estar solo.
Cada respuesta era un ladrillo más en la muralla que me separaba de la realidad que conocía.
Reflexión: El momento del diagnóstico es un terremoto emocional. Sientes que te han robado el futuro que imaginaste, pero no es así. Solo cambió la ruta, no el destino.
El día que vi la palabra autismo escrita en un informe, sentí como si el aire desapareciera de la habitación.
Era una palabra grande, una etiqueta que pesaba como una losa sobre mis hombros.
—¿Qué significa exactamente? —pregunté, buscando una salida, una alternativa. —Que Mateo percibe el mundo de una manera diferente —respondió la psicóloga—. No es una tragedia, es una condición.
No es una tragedia.
Esa frase quedó suspendida en mi mente, flotando entre la angustia y la negación.
Porque la verdad es que en ese momento sí lo sentí como una tragedia. Y está bien sentirlo así.
