Los discipulos en Sais
Los discipulos en Sais En ninguna ocasión el Maestro me ha hablado acerca de esto y no puedo confesarle nada; me parece que se trata de un secreto inviolable. Hubiera querido interrogar al niño misterioso; advertÃa cierta expresión fraternal impresa en sus rasgos y, a su lado, sentÃa yo que, interiormente, todo se despejaba. Si él hubiera permanecido más tiempo, seguramente habrÃa experimentado más sensaciones dentro de mà mismo. Y quizá también, mi corazón se hubiera franqueado, destrabándose mi lengua, por fin. ¡Cómo anhelé partir con él! Pero fue imposible.
Ignoro cuánto tiempo, aún, tendré que permanecer aquÃ. Creo que deberé quedarme para siempre. A duras penas me atrevo a confesarme a mà mismo un pensamiento que, sin embargo, me oprime hasta lo más hondo del ser: pienso que un dÃa hallaré aquà lo que me conmueve sin cesar; y esta idea me obsesiona. Cuando recorro estos parajes, aguijoneado por la esperanza, todo se presenta ante mà bajo una forma más elevada y en un orden nuevo; y todo revela una patria idéntica. ¡Cuán familiar y querido me parece, entonces, cada objeto! y lo que, poco ha, me resultaba raro y extraño, se convierte de pronto en un mueble más del hogar.