Los discipulos en Sais
Los discipulos en Sais No nos cuenta lo que le sucedió entonces. Dice que nosotros solos, guiados por nuestro anhelo y por él mismo, descubriremos lo que le ocurrió. Entre quienes le seguíamos, muchos le abandonaron; volvieron a sus hogares y aprendieron oficios. Algunos fueron enviados por él a otros lugares: no sabemos dónde. Los había elegido. Entre ellos, unos pocos se encontraban allí desde corto tiempo atrás; la permanencia de los demás había sido algo más prolongada. Uno de ellos era todavía un niño; en cuanto llegó, el Maestro quiso dictarle la enseñanza. Tenía hermosos ojos oscuros, de fondo azulado; su piel resplandecía como las azucenas; y sus cabellos relucían cual nubecillas al atardecer. Su voz nos conmovía. De buen grado le hubiéramos dado nuestras flores, nuestras piedras, nuestras plumas y todo lo que poseíamos. Sonreía con placidez infinita y, a su lado, experimentábamos una dicha extraña. «Un día regresará —dijo nuestro maestro— y ha de permanecer entre nosotros; entonces, la enseñanza habrá terminado». Con el niño, envió a otro discípulo, por quien nos afligíamos con frecuencia. Parecía estar siempre triste. Pasó aquí largos años; nada le salía bien. Difícilmente encontraba algo, cuando buscábamos cristales o flores. También le costaba mucho ver a lo lejos; y no lograba disponer, con arte, las líneas diversas. Rompía todo cuanto tocaba. Y, sin embargo, ninguno de nosotros demostraba tanto ardor, tanta alegría de ver y de oír, como él. Un día -cuando el niño no había aún penetrado en nuestro círculo-, adquirió de pronto gran habilidad; y tomose alegre. Había partido entristecido; no regresaba y la noche iba avanzando. Súbitamente, al despuntar el alba, oímos su voz en un bosquecillo cercano. Entonaba un canto jubiloso y sublime. Estábamos admirados, Nunca más veré una mirada parecida a la que el Maestro dirigió, entonces, hacia el oriente. No tardó el cantor en reunirse con nosotros; transfigurado por indecible felicidad, nos ofrecía una simple piedrezuela gris de forma rara. Tomola el Maestro, abrazó con efusión a su discípulo, luego nos miró, velados sus ojos por las lágrimas, y colocó la piedrecilla en un lugar disponible entre las demás piedras, precisamente allí donde, cual rayos, convergían numerosas series.
