El museo de la inocencia
El museo de la inocencia En los dÃas que siguieron, algo dentro de Kemal comenzó a quebrarse. Los objetos que ella habÃa tocado —un bolso, un trozo de papel, una botella de perfume olvidada— adquirieron un peso que no podÃa explicar. Los guardaba con cuidado, como si fueran amuletos capaces de invocar su presencia. En su ausencia, Füsun dejó de ser una persona y comenzó a convertirse en una idea, en un eco que resonaba con fuerza en cada rincón de su vida.
Una noche, mientras estaba con Sibel, notó que ella llevaba puestos los pendientes que le habÃa regalado, brillando bajo la luz tenue del comedor. Era un recordatorio cruel de lo que no podÃa tener. —¿Estás bien? —preguntó Sibel, mirándolo preocupada. —SÃ, claro —respondió con una sonrisa forzada, pero su mente estaba lejos, atrapada en el recuerdo del pendiente perdido.
Con cada dÃa que pasaba, el amor que Kemal sentÃa por Füsun empezaba a transformarse. Ya no era un deseo, sino una necesidad, un vacÃo que nada ni nadie parecÃa poder llenar.
En el fondo de su alma, sabÃa que habÃa cruzado una lÃnea invisible, una que lo separaba del hombre que era antes. Porque ahora, más que nunca, Füsun no era solo alguien que amaba. Era alguien que lo poseÃa.