La rebelión de las masas
La rebelión de las masas A los románticos de todos los tiempos les dislocaban estas escenas de violación, en que lo natural e infrahumano volvÃa a oprimir la palidez humana de la mujer, y pintaban al cisne sobre Leda, estremecido; al toro con Pasifhae y a AntÃope bajo el capro. Generalizando, hallaron un espectáculo más sutilmente indecente en el paisaje con ruinas, donde la piedra civilizada, geométrica, se ahoga bajo el abrazo de la silvestre vegetación. Cuando un buen romántico divisa un edificio, lo primero que sus ojos buscan es, sobre la acrótera o el tejado, el «amarillo jaramago». El anuncia que, en definitiva, todo es tierra, que dondequiera la selva rebrota.
SerÃa estúpido reÃrse del romántico. También el romántico tiene razón. Bajo esas imágenes inocentemente perversas late un enorme y sempiterno problema: el de las relaciones entre la civilización y lo que quedó tras ella —la naturaleza— entre lo racional y lo cósmico. Reclamo, pues, la franquÃa para ocuparme de él en otra ocasión y para ser en la hora oportuna romántico.