La rebelión de las masas
La rebelión de las masas Aclara la situación actual advertir, no obstante la singularidad de su fisonomÃa, la porción que de común tiene con otras del pasado. Asà acaece que apenas llega a su máxima altitud la civilización mediterránea —hacia el siglo III antes de Cristo—, hace su aparición el cÃnico. Diógenes patea con sus sandalias hartas de barro las alfombras de Aristipo. El cÃnico se hizo un personaje pululante, que se hallaba tras cada esquina y en todas las alturas. Ahora bien: el cÃnico no hacÃa otra cosa que sabotear la civilización aquella. Era el nihilista del helenismo. Jamás creó ni hizo nada. Su papel era deshacer; mejor dicho, intentar deshacer, porque tampoco consiguió su propósito. El cÃnico, parásito de la civilización, vive de negarla, por lo mismo que está convencido de que no faltará. ¿Qué harÃa el cÃnico en un pueblo salvaje donde todos, naturalmente y en serio, hacen lo que él, en farsa, considera como su papel personal? ¿Qué es un fascista si no habla mal de la libertad, y un superrealista si no perjura del arte?