La rebelión de las masas
La rebelión de las masas Pero el sÃntoma y documento más terrible de esta forma, a un tiempo homogénea y estúpida —y lo uno por lo otro—, que adopta la vida de un cabo a otro del Imperio, está donde menos se podÃa esperar y donde todavÃa, que yo sepa, nadie la ha buscado: en el idioma. La lengua, que no nos sirve para decir suficientemente lo que cada uno quisiéramos decir, revela, en cambio, y grita, sin que lo queramos, la condición más arcana de la sociedad que la habla. En la porción no helenizada del pueblo romano, la lengua vigente es la que se ha llamado «latÃn vulgar», matriz de nuestros romances. No se conoce bien este latÃn vulgar y, en buena parte, sólo se llega a él por reconstrucciones. Pero lo que se conoce basta y sobra para que nos produzcan espanto dos de sus caracteres. Uno es la increÃble simplificación de su mecanismo gramatical en comparación con el latÃn clásico. La sabrosa complejidad indoeuropea, que conservaba el lenguaje de las clases superiores, quedó suplantada por un habla plebeya, de mecanismo muy fácil, pero a la vez, o por lo mismo, pesadamente mecánico, como material; gramática balbuciente y perifrástica, de ensayo y rodeo, como la infantil. Es, en efecto, una lengua pueril o gaga, que no permite la fina arista del razonamiento ni lÃricos tornasoles. Es una lengua sin luz ni temperatura, sin evidencia y sin calor de alma, una lengua triste que avanza a tientas. Los vocablos parecen viejas monedas de cobre, mugrientas y sin rotundidad, como hartas de rodar por las tabernas mediterráneas. ¡Qué vidas evacuadas de sà mismas, desoladas, condenadas a eterna cotidianidad, se adivinan tras este seco artefacto lingüÃstico!