Meditaciones del Quijote
Meditaciones del Quijote Todo un linaje de los más soberanos espÃritus viene pugnando siglo tras siglo para que purifiquemos nuestro ideal ético, haciéndolo cada vez más delicado y complejo, más cristalino y más Ãntimo. Gracias a ello hemos llegado a no confundir el bien con el material cumplimiento de normas legales, una vez para siempre adoptadas, sino que, por el contrario, solo nos parece moral un ánimo que antes de cada nueva acción trata de renovar el contacto inmediato con el valor ético en persona. Decidiendo nuestros actos en virtud de recetas dogmáticas intermediarÃas, no puede descender a ellos el carácter de bondad, exquisito y volátil como el más quintaesencial aroma. Este puede solo verterse en ellos directamente de la intuición viva y siempre como nueva de lo perfecto. Por lo tanto, será inmoral toda moral que no impere entre sus deberes el deber primario de hallarnos dispuestos constantemente a la reforma, corrección y aumento del ideal ético. Toda ética que ordene la reclusión perpetua de nuestro albedrÃo dentro de un sistema cerrado de valoraciones, es ipso facto perversa. Como en las constituciones civiles que se llaman «abiertas», ha de existir en ella un principio que mueva a la ampliación y enriquecimiento de la experiencia moral. Porque es el bien, como la naturaleza, un paisaje inmenso donde el hombre avanza en secular exploración. Con elevada conciencia de esto, Flaubert escribÃa una vez: «El ideal solo es fecundo —entiéndase moralmente fecundo—, cuando se hace entrar todo en él. Es un trabajo de amor y no de exclusión».