Meditaciones del Quijote
Meditaciones del Quijote Estúdiese la crÃtica literaria de la época; léase con detención a Menéndez Pelayo, a Valera, y se advertirá esta falta de perspectiva. De buena fe aquellos hombres aplaudÃan la mediocridad porque no tuvieron la experiencia de lo profundo[6]. Digo experiencia, porque lo genial no es una expresión ditirámbica; es un hallazgo experimental, un fenómeno de experiencia religiosa. Schleiermacher encuentra la esencia de lo religioso en el sentimiento de pura y simple dependencia. El hombre, al ponerse en aguda intimidad consigo mismo, se siente flotar en el universo sin dominio alguno sobre sà ni sobre lo demás; se siente dependiendo absolutamente de algo, llámese a este algo como se quiera. Pues bien, la mente sana queda, a lo mejor, sobrecogida en sus lecturas o en la vida por la sensación de una absoluta superioridad, quiero decir, halla una obra, un carácter de quien los lÃmites trascienden por todos lados la órbita de nuestra dominación comprensiva. El sÃntoma de los valores máximos es la ilimitación[7].
En estas circunstancias, ¿cómo esperar que se pusiera a Cervantes en su lugar? Allá fue el libro divino mezclado eruditamente con nuestros frailecicos mÃsticos, con nuestros dramaturgos torrenciales, con nuestros lÃricos, desiertos sin flores.