Meditaciones del Quijote
Meditaciones del Quijote Mi pensamiento —¡y no solo mi pensamiento!— tiende a recoger en una fuerte integración toda la herencia familiar. Mi alma es oriunda de padres conocidos: yo no soy solo mediterráneo. No estoy dispuesto a confinarme en el rincón ibero de mà mismo. Necesito toda la herencia para que mi corazón no se sienta miserable. Toda la herencia y no solo el haz de áureos reflejos que vierte el sol sobre la larga turquesa marina. Vuelcan mis pupilas dentro de mi alma las visiones luminosas; pero del fondo de ella se levantan a la vez enérgicas meditaciones. ¿Quién ha puesto en mi pecho estas reminiscencias sonoras, donde —como en un caracol los alientos oceánicos— perviven las voces Ãntimas que da el viento en los senos de las selvas germánicas? ¿Por qué el español se obstina en vivir anacrónicamente consigo mismo? ¿Por qué se olvida de su herencia germánica? Sin ella —no hay duda— padecerÃa un destino equÃvoco. Detrás de las facciones mediterráneas parece esconderse el gesto asiático o africano, y en este —en los ojos, en los labios asiáticos o africanos— yace como solo adormecida la bestia infrahumana, presta a invadir la entera fisonomÃa.
Y hay en mà una sustancial, cósmica aspiración a levantarme de la fiera como de un lecho sangriento.