1984
1984 Su corazón dio un salto. Lo habÃa hecho muchas veces. Todo lo que oliera a corrupción le llenaba de una esperanza salvaje. Quién sabe, tal vez el Partido estaba podrido bajo la superficie, su culto de fuerza y auto-control no era más que una trampa tapando la iniquidad. Si hubiera podido contagiarlos a todos con la lepra o la sÃfilis, ¡con qué alegrÃa lo hubiera hecho! Cualquier cosa con tal de podrir, de debilitar, de minar.
La atrajo hacia sÃ, de modo que quedaron de rodillas frente a frente.
—Oye, cuantos más hombres hayas tenido más te quiero yo. ¿Lo comprendes?
-SÃ, perfectamente.
-Odio la pureza, odio la bondad. No quiero que exista ninguna virtud en ninguna parte. Quiero que todo el mundo esté corrompido hasta los huesos.
-Pues bien, debe irte bien, cariño. Estoy corrompida hasta los huesos.
-¿Te gusta hacer esto? No quiero decir simplemente yo, me refiero a la cosa en sÃ.
-Lo adoro.