1984
1984 Winston se despertó muy emocionado. Le dijo a Julia: «He soñado que... », y se detuvo porque no podía explicarlo. Era excesivamente complicado. No sólo se trataba del sueño, sino de unos recuerdos relacionados con él que habían surgido en su mente segundos después de despertarse. Siguió tendido, con los ojos cerrados y envuelto aún en la atmósfera del sueño. Era un amplio y luminoso ensueño en el que su vida entera parecía extenderse ante él como un paisaje en una tarde de verano después de la lluvia. Todo había ocurrido dentro del pisapapeles de cristal, pero la superficie de éste era la cúpula del cielo y dentro de la cúpula todo estaba inundado por una luz clara y suave gracias a la cual podían verse interminables distancias. El ensueño había partido de un gesto hecho por su madre con el brazo y vuelto a hacer, treinta años más tarde, por la mujer judía del noticiario cinematográfico cuando trataba de proteger a su niño de las balas antes de que los autogiros los destrozaran a ambos.
-¿Sabes? -dijo Winston-; hasta ahora mismo he creído que había asesinado a mi madre.
-¿Por qué la asesinaste? -le preguntó Julia medio dormida.
-No, no la asesiné. Físicamente, no.