1984

1984

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El piso de los Parsons era mayor que el de Winston y mucho más descuidado. Todo parecía roto y daba la impresión de que allí acababa de agitarse un enorme y violento animal. Por el suelo estaban tirados diversos artículos para deportes -bastones de hockey, guantes de boxeo, un balón de reglamento, unos pantalones vueltos del revés- y sobre la mesa había un montón de platos sucios y cuadernos escolares muy usados. En las paredes, unos carteles rojos de la Liga juvenil y de los Espías y un gran cartel con el retrato de tamaño natural del Gran Hermano. Por supuesto, se percibía el habitual olor a verduras cocidas que era el dominante en todo el edificio, pero en este piso era más fuerte el olor a sudor, que -se notaba desde el primer momento, aunque no podría uno decir por qué- era el sudor de una persona que no se hallaba presente entonces. En otra habitación, alguien con un peine y un trozo de papel higiénico trataba de acompañar a la música militar que brotaba todavía de la telepantalla.

-Son los niños -dijo la señora Parsons, lanzando una mirada aprensiva hacia la puerta-. Hoy no han salido. Y, desde luego...




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