1984
1984 Winston abarcó con su brazo derecho el fino talle de Julia, que se apoyó sobre su costado. Nunca podrían permitírselo. La mujer de abajo no se preocupaba con sutilezas mentales; tenía fuertes brazos, un corazón cálido y un vientre fértil. Se preguntó Winston cuántos hijos habría tenido. Seguramente unos quince.
Habría florecido momentáneamente -quizá durante un año- y luego se había hinchado como una fruta ferti-lizada y se había hecho dura y basta, y a partir de entonces su vida se había reducido a lavar, fregar, remendar, guisar, barrer, sacar brillo, primero para sus hijos y luego para sus nietos durante una continuidad de treinta años. Y al final todavía cantaba. La reverencia mística que Winston sentía hacia ella tenía cierta relación con el aspecto del pálido y limpio cielo que se extendía por entre las chimeneas y los tejados en una distancia infinita. Era curioso pensar que el cielo era el mismo para todo el mundo, lo mismo para los habitantes de Eurasia y de Asia Oriental, que para los de Oceanía. Y en realidad las gentes que vivían bajo ese mismo cielo eran muy parecidas en todas partes, centenares o millares de millones de personas como aqué-