1984

1984

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En los campos de trabajos forzados, todas las tareas sucias y viles eran realizadas por los presos políticos.

En aquella celda había presenciado Winston un constante entrar y salir de presos de la más variada condición: traficantes de drogas, ladrones, bandidos, gente del mercado negro, borrachos y prostitutas. Algunos de los borrachos eran tan violentos que los demás presos tenían que ponerse de acuerdo para sujetarlos.

Una horrible mujer de unos sesenta años, con grandes pechos caídos y greñas de cabello blanco sobre la cara, entró empujada por los guardias. Cuatro de éstos la sujetaban mientras ella daba patadas y chillaba.

Tuvieron que quitarle las botas con las que la vieja les castigaba las espinillas y la empujaron haciéndola caer sentada sobre las piernas de Winston. El golpe fue tan violento que Winston creyó que se le habían partido los huesos de los muslos. La mujer les gritó a los guardias, que ya se marchaban: «¡Hijos de perra!». Luego, notando que estaba sentada en las piernas de Winston, se dejó resbalar hasta la madera.

-Perdona, querido -le dijo-. No me hubiera sentado encima de ti, pero esos matones me empujaron. No saben tratar a una dama. -Se calló unos momentos y, después de darse unos golpecitos en el pecho, eructó ruidosamente-. Perdona, chico erijo-. Yo ya no soy yo.


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