1984

1984

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Brien y en la hoja de afeitar. Bien pudiera llegar la hoja escondida en el alimento que le dieran, si es que llegaban a darle alguno. En Julia pensaba menos. Estaría sufriendo, quizás más que él. Probablemente estaría chillando de dolor en este mismo instante. Pensó: «Si pudiera salvar a Julia duplicando mi dolor, ¿lo haría? Sí, lo haría». Esto era sólo una decisión intelectual, tomada porque sabia que su deber era ese; pero, en verdad, no lo sentía. En aquel sitio no se podía sentir nada excepto el dolor físico y la anticipación de venideros dolores. Además, ¿era posible, mientras se estaba sufriendo realmente, desear que por una u otra razón le aumentara a uno el dolor? Pero a esa pregunta no estaba él todavía en condiciones de responder.

Las botas volvieron a acercarse. Se abrió la puerta. Entró O'Brien.

Winston se puso en pie. El choque emocional de ver a aquel hombre le hizo abandonar toda preocupación. Por primera vez en muchos años, olvidó la presencia de la telepantalla.

-¡También a ti te han cogido! -exclamó.

-Hace mucho tiempo que me han cogido -repuso O'Brien con una ironía suave y como si lo lamentara. Se apartó un poco para que pasara un corpulento guardia que tenía una larga porra negra en la mano.


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