1984
1984 -Nos gobernáis por nuestro propio bien -dijo débilmente-. Creéis que los seres humanos no están capaci-tados para gobernarse, y en vista de ello...
Estuvo a punto de gritar. Una punzada de dolor se le había clavado en el cuerpo. O'Brien había presionado la palanca y la aguja de la esfera marcaba treinta y cinco.
-Eso fue una estupidez, Winston; has dicho una tontería. Debías tener un poco más de sensatez.
Volvió a soltar la palanca y prosiguió: