1984
1984 Winston empezó a vestirse con movimientos lentos y rígidos. Hasta ahora no había notado lo débil que estaba. Sólo un pensamiento le ocupaba la mente: que debía de llevar en aquel sitio más tiempo de lo que se figuraba. Entonces, al mirar los miserables andrajos que se habían caído en torno suyo, sintió una enorme piedad por su pobre cuerpo. Antes de saber lo que estaba haciendo, se había sentado en un taburete junto al lecho y había roto a llorar. Se daba plena cuenta de su terrible fealdad, de su inutilidad, de que era un montón de huesos envueltos en trapos sucios que lloraba iluminado por una deslumbrante luz blanca. Pero no podía contenerse. O'Brien -le puso una mano en el hombro casi con amabilidad.
-Esto no durará siempre -le dijo-. Puedes evitarte todo esto en cuanto quieras. Todo depende de ti.
-¡Tú tienes la culpa! -sollozó Winston-. Tú me convertiste en este guiñapo.
-No, Winston, has sido tú mismo. Lo aceptaste cuando te pusiste contra el Partido. Todo ello estaba ya contenido en aquel primer acto de rebeldía. Nada ha ocurrido que tú no hubieras previsto.
Después de una pausa, prosiguió: