Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Al cabo de unos pocos días, aunque seguíamos siendo un grupo caótico de acuerdo con cualquier criterio sensato, se nos consideró aptos para aparecer en público. Por las mañanas nos dirigíamos hasta los jardines de la colina situada más allá de la Plaza de España, que todas las milicias de partido, además de los carabineros y los primeros contingentes del recientemente formado Ejército Popular compartían para su adiestramiento. Allí, el espectáculo resultaba extraño y alentador. En cada sendero y en cada callejuela, entre los ordenados arriates de flores, se veían escuadras y compañías de hombres que marchaban erguidos de un lado para otro, sacando pecho y tratando desesperadamente de parecerse a soldados. Todos ellos carecían de armas y ninguno tenía el uniforme completo, aunque en la mayoría podía reconocerse fragmentariamente el atuendo del miliciano. Durante tres horas trotábamos de un lado a otro (el paso de marcha español es muy corto y rápido), luego nos deteníamos, rompíamos filas y nos lanzábamos sedientos sobre una pequeña tienda de ultramarinos, a media cuesta, que estaba haciendo una fortuna vendiéndonos vino barato. Los españoles se mostraban cordiales conmigo. Dada mi condición de inglés, yo constituía una especie de curiosidad, y los oficiales de Carabineros estaban por mí y me pagaban la bebida. Mientras tanto, siempre que se me presentaba la oportunidad acorralaba a nuestro teniente y le pedía a gritos que me instruyera en el uso de una ametralladora. Solía sacar del bolsillo mi diccionario luego y lo asediaba en mi execrable español: