Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña Mientras nos dirigíamos calle abajo, un camión repleto de anarquistas armados pasó a toda velocidad en dirección opuesta. En la parte delantera se veía a un jovencito desarrapado, echado sobre una pila de colchones tras una ametralladora ligera. Cuando llegamos al hotel Falcón, al final de las Ramblas, una multitud en ebullición ocupaba el vestíbulo de la entrada. Reinaba gran confusión, nadie parecía saber qué se esperaba de ellos y sólo estaba armado el puñado de tropas de choque que normalmente cuidaba el edificio. Crucé hasta el Comité Local del POUM, situado casi enfrente. Arriba, en la habitación donde los milicianos habitualmente recibían su paga, había otro grupo numeroso presa de la agitación. Un hombre alto, pálido, buen mozo, de unos treinta años, vestido de civil, trataba de restablecer el orden mientras repartía cinturones y cajas de cartuchos apiladas en un rincón. No parecía haber ningún fusil. El médico había desaparecido —creo que ya se habían producido bajas y se había llamado a los médicos—, pero había llegado otro inglés. Luego, de una oficina interna, el hombre alto y algunos otros salieron con los brazos llenos de fusiles y comenzaron a distribuirlos. El otro inglés y yo, en tanto que extranjeros, resultábamos algo sospechosos y, al principio, nadie quería darnos un arma. Entonces llegó un miliciano, compañero en el frente, que me reconoció, después de lo cual nos entregaron, aunque de mala gana, dos fusiles y algunos cargadores.