Homenaje a Cataluña
Homenaje a Cataluña No es fácil describir la atmósfera de pesadilla de ese periodo, el peculiar malestar creado por los rumores siempre cambiantes, la prensa censurada y la presencia continua de hombres armados. No resulta fácil de describir porque, en ese momento, lo esencial de una atmósfera así no existía en Inglaterra. En Inglaterra la intolerancia política no es aceptada todavía. Hay persecución política en un grado insignificante; si yo fuera minero procuraría que el jefe no se enterara de que soy comunista; pero el «buen miembro del partido», el gángster que repite y obedece incondicionalmente característico de los partidos continentales, sigue siendo una rareza, y la idea de «liquidar» o «eliminar» a todo aquel que esté en desacuerdo no parece todavía natural. Sólo parecía demasiado natural en Barcelona. Los «estalinistas» tenían la sartén por el mango y, por lo tanto, se daba por descontado que todo «trotskista» estaba en peligro. Lo que todos temían era algo que, a fin de cuentas, no ocurrió: un nuevo brote de lucha callejera del que se haría responsables, como antes, al POUM y a los anarquistas. A veces me descubría a mi mismo tratando de oír los primeros disparos. Era como si alguna poderosa inteligencia maligna planeara sobre la ciudad. Curiosamente, todos comentaban la situación en términos casi idénticos: «La atmósfera de este lugar es horrible. Es como vivir en un manicomio». Pero quizá no debería decir todos. Algunos de los visitantes ingleses que pasaron rápidamente por España, de hotel en hotel, no parecen haber notado nada desagradable en el ambiente general. Como pude observar, la duquesa de Atholl escribe (Sunday Express, 17 de octubre de 1937):