La hija del clerigo
La hija del clerigo Dorothy llenó la bañera lo más despacio posible, el chapoteo siempre despertaba a su padre si abría demasiado el grifo y se quedó un momento contemplando el pálido y poco apetitoso charco de agua. Se le había puesto la carne de gallina. Odiaba los baños fríos y por eso mismo tenía por norma bañarse siempre con agua fría de abril a noviembre. Metió la mano en el agua —estaba helada— y avanzó con sus habituales exhortaciones. ¡Vamos, Dorothy! ¡Adentro! ¡No me vengas ahora con remilgos, por favor! Luego se metió con decisión en la bañera, se sentó y dejó que la gélida faja de agua la rodeara hasta cubrirla por entero menos el pelo que se había recogido detrás de la cabeza. Momentos después salió a la superficie, jadeando y haciendo muecas, y nada más recobrar el aliento, recordó la lista de cosas que se había metido en el bolsillo de la bata con intención de leerla. Alargó la mano e, inclinándose por encima de la bañera y metida hasta la cintura en el agua helada, leyó la lista a la luz de la vela que había dejado sobre la silla.
Decía:
7 oc. Comulgar.
¿Bebé de la señora T? Hacerle una visita.
Desayuno. Beicon. Pedir dinero a mi padre. (P)
Preguntar a Ellen qué necesita para la cocina. Tónico padre. Preguntar lo de las cortinas en Solepipe’s.
