Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Como largas agujas curvas enhebrándose en un bordado, las dos canoas que transportaban a Flory y Elizabeth se abrían paso a través de la ensenada que conducía tierra adentro desde la orilla oriental del Irrawaddy. Era el día que se iban de caza; una excursión de un solo día, pues no podían quedarse juntos en la selva de noche. Cazarían un par de horas por la tarde, cuando se suponía que “refrescaba” un poco, y estarían de vuelta en Kyauktada a tiempo para la cena.
Las canoas, hechas cada una de un tronco vaciado, se deslizaban velozmente, sin apenas rizar la oscura superficie del agua marrón. Los jacintos acuáticos, con su profuso y esponjoso follaje y sus flores azules, habían invadido de tal modo el río que el canal quedaba reducido a una serpeante cinta de un metro de ancho. La luz se filtraba verdosa a través de las ramas entrelazadas. A veces se oía a los loros chillando encima, aunque no aparecía ninguna criatura salvaje. Sólo vieron una vez a una serpiente que nadaba a toda prisa y se perdía entre los jacintos.
—¿Cuánto tardaremos en llegar al pueblo? —preguntó dando un grito Elizabeth a Flory. Él iba en una canoa mayor detrás, con Fio, Ko S’la y una arrugada anciana vestida con harapos que iba remando.
—¿Cuánto queda, abuela? —dijo Flory a la remera.
