Los dias de Birmania
Los dias de Birmania Al día siguiente todo estaba tan calmado como una ciudad con catedral un lunes por la mañana. Es lo que acostumbra a ocurrir después de unos disturbios. Aparte del puñado de prisioneros arrestados, todos los que podían haber estado envueltos en el ataque al Club tenían una coartada. El jardín del Club había quedado como si una manada de bisontes en estampida hubiese pasado por allí, aunque al final las casas no fueron saqueadas y no hubo que contabilizar víctimas ni heridos entre los europeos, excepto Mr. Lackersteen, al que encontraron borracho debajo de la mesa de billar y con una botella de whisky. Westfield y Verrall regresaron a primera hora de la mañana, trayendo con ellos a los asesinos de Maxwell; o por lo menos, a dos individuos que iban a ser colgados en la horca por el asesinato de Maxwell. Cuando Westfield se enteró de lo ocurrido, se quedó desencantado y no tuvo más remedio que resignarse. Le había pasado de nuevo: una revuelta en condiciones y él no estaba allí para aplastarla. Parecía que su sino era no poder matar nunca a nadie. Deprimente, realmente deprimente. En cuanto a Verrall, su único comentario fue que había sido una “impertinencia” por parte de Flory, un civil, dar órdenes a la policía militar.
