Subir a por aire
Subir a por aire Además de la pesca, estaba la lectura.
He exagerado al dar a entender que la pesca era la única cosa que me gustaba. Era, desde luego, lo primero, pero la lectura también me atraía mucho. Debía de tener unos diez u once años cuando comencé a leer, a leer voluntariamente quiero decir. A esa edad, leer es como descubrir un mundo nuevo. Aún ahora leo bastante; casi todas las semanas me trago un par de novelas. Soy lo que podríamos llamar el típico suscriptor de la Biblioteca Boots: siempre me quedo con el best-seller del momento (Los buenos camaradas, El lancero de Bengala, El castillo de Hatter… los he leído todos), y durante un año o más, he sido miembro del Club de Préstamo de Libros. Y en 1918, a los veinticinco años, me pegué una especie de orgía de lecturas que cambió considerablemente mi visión de las cosas. Pero no hay nada como esos primeros años en los que uno descubre de pronto que, abriendo un semanario de a penique, puede encontrarse metido de lleno en las guaridas de los bandidos, en los fumaderos de opio de China, en las islas polinesias o en los bosques de Brasil.
