Subir a por aire
Subir a por aire El comedor también estaba cambiado.
Yo me acordaba de aquella estancia como era antes, aunque nunca había comido allí. Había una chimenea marrón y las paredes tenían un color amarillo de bronce. Nunca supe si aquel olor había sido siempre así o si era resultado de los años y del humo. En la pared había una pintura al óleo, también de «W. Sandford, Pintor y Ebanista», representaba la batalla de Tel-el-Kebir. Ahora lo habían decorado en una especie de estilo medieval. Una chimenea de ladrillo con asientos, una gran viga atravesando el techo y paneles de roble en las paredes, de un roble cuya falsedad se veía a cincuenta metros. La viga sí que era de roble macizo, y procedía probablemente de algún viejo velero, pero no cumplía ninguna función. Los paneles despertaron mis sospechas apenas los vi. Cuando me senté a la mesa, mientras el joven y eficiente camarero venía hacia mí jugando con la servilleta, deslicé la mano hacia atrás y golpeé la pared disimuladamente. En efecto: tal como había supuesto, aquello no era ni siquiera madera. Era algún tipo de material sintético pintado para imitar la madera.
