Subir a por aire
Subir a por aire Joe comenzó a ir a la Grammar School de Walton dos años antes que yo. No ingresamos en ella hasta los nueve años, pues ello representaba recorrer ocho kilómetros en bicicleta, entre la ida y la vuelta, y madre tenía miedo de que nos ocurriese algo, a pesar de que por entonces el tráfico era insignificante.
Durante algunos años, los dos habíamos ido a la escuela primaria de la vieja señora Howlett. Allí enviaban a sus hijos casi todos los tenderos, para no pasar por la humillación de recurrir a la escuela del estado, aunque era bien sabido que la Howlett era una vieja cuentista y menos que inútil como profesora. Tenía más de setenta años, era muy gorda y apenas veía a través de sus gafas. Todo lo que poseía en materia de equipo escolar era un bastón, una pizarra, unos cuantos libros de gramática muy sobados, con las esquinas de las hojas dobladas, y dos docenas de malolientes pizarrines. Tenía la suficiente autoridad para dominar a las chicas, pero los chicos jamás se la tomaban en serio y hacían novillos tantas veces como querían. Una vez, hubo un escándalo terrible porque un chico le puso la mano a una niña debajo del vestido, cosa que entonces yo no comprendí, y la señora Howlett consiguió que no trascendiese. Cuando hacíamos algo especialmente malo, nos amenazaba con el «se lo diré a tu padre», pero muy raramente lo hacía. Incluso cuando nos pegaba con el bastón, era tan torpe que no resultaba difícil esquivar los golpes.
