Indigno de ser humano
Indigno de ser humano Pero no tarda en destruirlo todo. Sus viejos hábitos lo siguen como sombras. Bebe. Juega. Se pierde en brazos ajenos. Cuando ella descubre la verdad, su rostro es un mosaico de decepción y rabia.
—¡No tienes alma! —le grita.
Yozo no responde. Porque sabe que es cierto.
Ahora duerme en la calle, con el sonido de la ciudad latiendo a su alrededor como un animal hambriento. En su bolsillo, un cigarro a medio fumar. En su cabeza, el eco de la risa que solÃa fingir. Su máscara se ha caÃdo por completo, y el mundo finalmente ve lo que siempre ha sido: un farsante, un inútil, un error.
El hambre lo muerde, la sed lo devora. Y cuando está a punto de desvanecerse en el pavimento frÃo, alguien lo encuentra.
—¿Quieres trabajar? —le pregunta un hombre de rostro afilado y ojos de tiburón.
Yozo asiente. Porque ya no tiene opciones. Porque no le importa.
Pero el trabajo es un engaño. Se convierte en peón de un cÃrculo de falsificadores, un criminal sin saberlo, hasta que la policÃa toca su puerta.
—Vas a venir con nosotros —dice un oficial.
Y asÃ, con los brazos esposados y la cabeza baja, Yozo comprende algo: no solo ha dejado de ser humano. Ahora, es menos que nada.
