Cartas de las heroinas - Ibis
Cartas de las heroinas - Ibis [Recibe, Cidipe, el nombre de tu despreciado Aconcio, de aquel que te engañó con la manzana[402]]. No tengas miedo, que aquà no vas a jurar otra vez nada a tu amante; es 5bastante con que una vez te hayas prometido a mÃ. Sigue leyendo: para que asà la enfermedad abandone tu cuerpo, porque lo que a ti te duele es dolor para mÃ. ¿Por qué te da vergüenza? Pues sospecho que, igual que en el templo de Diana, ha subido ahora el color a tus nobles mejillas. Lo que pido es el matrimonio y la palabra pactada, no nada 10prohibido; te amo como marido al que te debes, no como un adúltero. Recuerda las palabras que aquella fruta, que cogà del árbol y te tiré, hizo llegar a tus castas manos. Verás que allà tú me prometiste lo que deseo que recuerdes, muchacha, 15tú más que la diosa. Ahora también temo lo mismo; pero eso mismo incluso ha tomado más fuerza y la llama ha aumentado con la demora, y ese amor, que nunca ha sido pequeño, ahora, con tanto tiempo y con la esperanza que tú me has dado, más ha crecido. Tú me habÃas dado esperanzas20, y este fuego mÃo se entregó a ti; no puedes negar un hecho del que la diosa fue testigo. AllÃ, en persona como estaba, se dio cuenta de tus palabras, y pareció que su cabeza se movÃa aprobando esas palabras. Puedes decir que has sido vÃctima de mi engaño, mientras se diga que el motivo 25de ese engaño era el amor. ¿Qué buscaba mi engaño sino unirme a ti sola en el mundo? Eso que me reprochas puede redimirme. No soy tan artero ni por mi forma de ser ni por costumbre; créeme, niña, que por ti he sido astuto. Pero si30 algo he hecho, al disponer con astucia la frase[403], fue obra de Amor ingenioso el unirte estrechamente conmigo. Elaboré la promesa de boda con palabras dictadas por él y he sido listo con el Amor como asesor legal[404]. Llámese engaño a tal cosa y dÃgaseme taimado si es dolo querer poseer lo que se ama. Aquà me tienes, escribiéndote otra vez y35 mandándote palabras suplicantes; otro engaño tienes aquà del que quejarte. Si hago daño a la que quiero: se lo haré sin fin, lo confieso, y te pretenderé; aunque te resistas, yo te pretenderé. Otros raptaron a espada a la mujer que les gustaba; ¿será pues un delito esta carta que yo con discreción te40 escribo? ¡Quieran los dioses que yo pueda ponerte más nudos[405] para que tu promesa no esté suelta por ninguna parte! Quedan mil argucias; sudo al empezar la cuesta; mi pasión no me permite que deje nada sin intentar. Dúdese de que te45 pueda seducir: seguro que te seduciré; el desenlace está en manos de los dioses, pero te seduciré. Aunque te escapes por un lado, no te salvarás del resto de las redes que te ha tendido Amor, muchas más de las que te crees. Si los trucos no sirvieran, yo llegarÃa a las armas, y secuestrada te arrastrarÃa50 a mi regazo, que está ávido de ti. Yo no soy de los que critican lo que hizo Paris, ni lo que haya hecho cualquiera que, para poder ser hombre, como tal se ha portado. Yo también… mejor me callo: aunque la muerte sea la condena180 de este secuestro, será más llevadera que no haberte poseÃdo. PodÃas ser menos hermosa, y se te pretenderÃa con menos55 ansia; tenemos que ser atrevidos por culpa de ese rostro tuyo. Tú tienes la culpa, y también esos ojos que derrotan al fuego de las estrellas, y que han sido el origen de mis llamas. La culpa la tiene ese pelo rubio[406] y ese cuello de marfil, y esas manos que yo pido al cielo que puedan 60acariciar mi cuello, tienen la culpa tu gracia, y tu rostro, pudoroso sin simpleza, y esos pies, a los que dudo que los de Tetis se parezcan. Si pudiera elogiar lo demás, más feliz serÃa, pero no dudo que la obra completa corresponda a lo que se65 ve. No tiene nada de raro que esa belleza me haya trastornado y haya querido tener de ti la prenda de tu promesa. En una palabra: mientras tengas que confesar que eres mi prisionera, aunque por mis malas artes, sé tú mi prisionera. Sufriré tu odio, mientras por sufrirlo se me otorgue mi recompensa70; ¿por qué no lleva consigo su disfrute un delito tan grande? Telamón cautivó a HesÃone, y Aquiles a Briseida, y las dos siguieron de verdad al marido y vencedor. Acúsame cuanto quieras, enfádate si quieres, mientras pueda yo gozar 75de ti aunque enfadada. Yo que la provoqué sabré apaciguar tu rabia con una pequeña oportunidad que tenga de calmarte. Pueda yo presentarme llorando ante ti y añadir palabras a mis lágrimas. Pueda yo, igual que los criados[407]80 cuando temen azotes despiadados, tender a tus rodillas mis sumisas manos. No conoces tus derechos: ¡cÃtame a juicio! ¿Por qué me acusas en mi ausencia? Mándame venir de inmediato, como hace una señora. Puedes tirarme de los pelos, hecha una fiera, me puedes pegar en la cara y 85llenármela de moretones, que todo lo aguantaré; lo único que me asustará es que por culpa de mi cuerpo se te pueda lastimar esa mano. Pero para pegarme no tendrás que retenerme con grillos ni con cadenas; me mantendrá atado mi firme amor por ti. Cuando se sacie tu ira todo lo que ella90 quiera, tú misma te dirás para tus adentros: «¡Qué resignado es en el amor!». Tú misma te dirás cuando hayas visto que todo lo aguanto: «Que me sirva a mà éste que tan bien sirve». Ahora en cambio, sin estar allÃ, soy un reo sin salvación, y mi causa, aunque es tan buena, está perdida sin nadie que la defienda. También este escrito mÃo puedes 95tomarlo como una injuria, si quieres; de mà sólo tienes motivos de queja. Pero la Delia[408] no merece que la engañes como a mÃ; si no quieres cumplir conmigo tu compromiso, cúmplelo con ella. Ella estaba allà y lo presenció todo cuando tú te sonrojaste vÃctima del engaño, y guarda en su oÃdo memorioso100 tus palabras. ¡Que mis augurios no sean fundados! No hay nada más violento que ella cuando ve su divino poder despreciado, ¡no lo quisiera yo![409]. Será testigo el jabato de Calidón, porque sabemos que más cruel que él llegó a ser una madre con su hijo[410]; testigo será también Acteón, al105 que antaño creyeron una bestia aquellos[411] con quienes él mataba a las fieras; también aquella madre soberbia[412] por cuyo cuerpo creció una roca y que se yergue todavÃa ahora, llorando, en la tierra de Migdonias[413]. Ay de mÃ, Cidipe, me da miedo decirte la verdad, no vayas a pensar que por 110interés te aviso en falso. Pero hay que decirlo, créeme: por eso caes enferma cada vez que llega el dÃa de casarte, porque ella asà lo decide y cuida de que no seas perjura, y desea que115 te salves tú sólo si se salva la palabra dada. De ahà que, cuantas veces intentas quedar por perjura, otras tantas corrige ella tu pecado. Basta pues de desafiar los feroces arcos de la furiosa virgen; todavÃa puede aplacarse si tú la dejas. Basta ya, por el cielo, de estropear tu tierno cuerpo con 120fiebres; sálvese esa hermosura para que yo pueda disfrutarla; sálvese esa cara nacida para abrasarme, y ese tenue sonrojo que sube a la nieve de tu rostro. Que mis enemigos y todo el que luche para que no seas mÃa sufran como yo cuando tú 125estás enferma. Igual es mi tormento si te casas o si enfermas, y no sé decir qué deseo menos. Muchas veces me tortura ser yo la causa de tu mal, y pienso que es por aquella astucia mÃa por lo que sufres: ¡que el perjurio de mi dueña130 caiga, pues, sobre mi cabeza, y que con mi castigo quede ella a salvo! Sin embargo, para no quedarme sin saber qué es de ti, voy y vengo muchas veces por tu puerta[414], angustiado y entre disimulos; persigo a escondidas a tu doncella y a tu criado y les pregunto si te ha hecho mejorar el sueño, o135 la comida. ¡Pobre de mÃ, que no puedo servirte lo que te mandan los médicos ni frotarte las manos, ni sentarme en tu cama! Desgraciado también porque, mientras se me mantiene muy lejos de ti, ¿quizá otro, el que menos querrÃa yo, está a tu lado? Él frota esas manos y cuida a la enferma, odioso para los dioses y140 odioso también para mÃ. Y al tomar con el pulgar el pulso de tu vena, muchas veces sostiene tus blancos brazos con esa excusa y te toca los pechos, y quién sabe si te besa los labios, un pago mucho más alto del que145 merece tal servicio. ¿A ti[415] quién te ha dado permiso para recoger mi cosecha? ¿Quién te ha abierto a ti la puerta del cercado[416] ajeno? ¡Esos pechos son mÃos! ¡Me robas con afrenta besos que son mÃos! ¡Quita tus manos de un cuerpo que está comprometido conmigo! ¡Miserable, fuera esas manos! ¡Esa que estás tocando será mi mujer! Si vuelves a150 hacer eso serás reo de adulterio. Búscate una que esté libre, una que otro no reclame; entérate: ésta ya tiene su dueño. Y si no te fÃas de mÃ, que se recite la fórmula del compromiso; y para que no puedas decir que es falsa, que ella te la lea. ¡Sal del dormitorio de otro, sÃ, a ti, a ti te estoy hablando!155 ¿Qué estás haciendo aquÃ? ¡Sal de aquÃ! Esta cama no está libre. Porque lo que tú tienes son segundas palabras del pacto duplicado, asà que tu causa no llegará a la altura de la mÃa. Ella se ha prometido conmigo; y a ti te la prometió su padre el primero, pero detrás de ella; pues ciertamente más 160cerca de sà está ella misma que su padre. Su padre te la ha prometido, pero ella hizo un juramento a su amante; los testigos de él eran hombres, la de ella una diosa. Él teme que le digan mentiroso; ella que le digan perjura; ¿y dudas si es más fuerte este miedo que aquel otro? Y lo último, para que165 puedas comparar los peligros de lo uno y de lo otro, mira los resultados: ella está en cama y él sano y salvo. Tú y yo también afrontamos la disputa con distinto talante, y ni tenemos la misma esperanza, ni tenemos un miedo equiparable; tú lo intentas sin peligro, pero para mà es peor su rechazo que la muerte; y yo ya amo a la que quizá tú alguna vez170 llegues a querer. Si a ti te importara algo la justicia, o lo recto, tú deberÃas ceder a mis fuegos.
