Cartas de las heroinas - Ibis

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21 CIDIPE A ACONCIO[422]

[Ha llegado tu carta adonde es costumbre, Aconcio, y casi me ha tendido una trampa a los ojos]. Atemorizada, he leído tu escrito sin levantar la voz, no fuera que mi lengua desprevenida jurara por algún otro dios. Y creo que me habrías5 vuelto a engañar si no fuera porque, como tú mismo confiesas, te bastaba saber que ya lo había prometido una vez. Y estaba dispuesta a no leerla, pero si era dura contigo, quizá creciera la saña de la terrible diosa. Aunque haga lo que sea, aunque le ofrende devoto incienso a Diana, ella sin10 embargo sigue favoreciendo más de lo justo tu parte, y como tú quieres que se crea, te protege con ira memoriosa: ni con su mismo Hipólito[423] se portó apenas así. Y, en cambio, mejor estaría que la virgen hubiera mirado por los años de otra virgen, que me temo que en mi caso ella quiere que sean pocos. Verdad que persiste mi dolencia por razones 15inexplicables, y que, postrada, no hay medicina que me alivie. ¿Cuán delgada piensas que está la que apenas si tiene fuerzas para contestarte y apenas puede sostener sobre el codo sus pálidos miembros? A eso se suma ahora el temor de que alguno que no sea mi nodriza, cómplice nuestra, note que20 entre nosotros se cruzan cartas. Ella se sienta a la puerta y a los que preguntan qué hago yo dentro, les contesta, para que yo pueda escribir tranquila: «Está dormida». Luego, cuando el sueño (la mejor excusa para estar solo largo rato) deja de25 ser una razón creíble por durar demasiado, y ella ve que llegan los que sería grosero no dejar pasar, tose, y con esa fingida contraseña me da aviso. Dejo presurosa las palabras a medias por donde voy y oculto la carta empezada en mi pecho palpitante. La vuelvo a sacar de ahí y vuelve ella a fatigar30 mis dedos. Tú mismo puedes apreciar cuánto esfuerzo me supones. Y a decir verdad, que me muera si eres digno de ello; pero soy más buena de lo conveniente y de lo que tú mereces. ¿Así que por tu culpa he estado tantas veces entre la vida y la muerte, y he sufrido, y sufro aún, el castigo de 35tus artimañas[424]? ¿Éste es el pago que me toca por las alabanzas que hiciste de mi soberbia hermosura, y resulta que me perjudica el haber gustado? Si me hubieras encontrado fea, cosa que preferiría, mi cuerpo despreciable no habría necesitado ayuda[425] alguna; mientras que ahora, alabada, 40me hacéis llorar; ahora me perdéis con vuestra rivalidad, y mi propio bien me hace daño[426]. Mientras tú no cedes ni él se reconoce segundo, y tú te opones a los deseos de él y él a los tuyos, yo me veo zarandeada como barco que el bóreas empuja decidido hacia alta mar, y repelen las olas y la45 marea. Y cuando se echa encima el gran día ansiado por mis queridos padres, en el mismo momento se mete en mi cuerpo una fiebre desmedida. Ahora, en el preciso instante de la boda, la cruel Perséfone llama implacable a mis puertas. Ya empieza a darme vergüenza y miedo el que, aunque para mí sea yo inocente, parezca que he merecido el castigo de los50 dioses. Unos sostienen que esto pasa por casualidad, y otros dicen que este marido no les gusta a los dioses. Pero no te creas que no hay también rumores contra ti: achacan estos sucesos a maleficios que tú haces. La causa sí está oculta,55 pero a la vista mi enfermedad; vosotros rompéis la tregua y os declaráis la guerra, yo me llevo los golpes. Habla, pues, y engáñame de nuevo como es tu costumbre: ¿qué no harás cuando odias, si así hieres cuando amas? Si hieres lo que amas, bueno es que ames a tu enemigo: ¡ojalá quieras matarme60, para salvarme la vida! O ya no te importa nada la mujer que pretendías, y la dejas morir, despiadado, de una enfermedad que no merece, o, si en vano pides por mí a la terrible diosa, ¿por qué te crees mi dueño, si no obtienes gracia? Elige una de estas dos suposiciones: si no quieres65 aplacar a Diana, me ignoras a mí; y si es que no puedes, ella te ignora a ti. Ojalá nunca hubiera conocido Delos, en las aguas egeas, o que al menos no hubiera sido en aquel momento. Mi barco partió entonces con un mar difícil y fue70 aciaga la hora para emprender la ruta. ¿Con qué pie salí? ¿Con qué pie crucé el umbral? ¿Con qué pie toqué la pintada armazón de la rápida nave? En cambio el velamen se volvió dos veces a un golpe de viento adverso. ¡Miento, loca de mí! El viento era favorable. Era favorable el viento75 que me hacía regresar cuando avanzaba y que me impedía una partida poco venturosa. ¡Y ojalá que él hubiera sido tenaz contra mis velas! Pero es tontería quejarse de la inconstancia del viento. Arrastrada por la fama de aquel sitio, me apresuraba a visitar Delos, y me parecía que hacía la travesía80 en un barco holgazán. ¡Cuántas veces insulté a los remos, por lentos, y me quejé de que se daba poca vela al viento! Y ya había pasado por Míconos y por Tenos y Andros85, cuando la blanca Delos quedó ante mis ojos. Y dije al verla de lejos: «¿Por qué me huyes, isla? ¿Vuelves a nadar como antes por el ancho mar?[427]». Desembarqué en tierra cuando ya, casi al caer el día, el Sol iba a quitarles el yugo a sus lucientes caballos. Cuando él los volvió a llamar como 90siempre para el amanecer, mi madre mandó que me peinaran. Ella misma me puso joyas en los dedos y oro en el pelo[428] y me puso también el vestido sobre los hombros. Salimos en seguida, saludamos a los dioses a los que la isla está consagrada y les ofrecimos vino y rubio incienso. 95Mientras mi madre tiñe los altares de sangre votiva y echa las faustas entrañas a los humeantes fuegos sagrados, la nodriza diligente me conduce a otros templos, y vagamos de un lado a otro por los sagrados lugares. Me paseo por los 100 pórticos, admiro las ofrendas de los reyes y las imágenes que se levantaban por todos lados. Admiro también el altar levantado con innumerables cuernos[429] y el árbol en el que se apoyó la diosa al parir[430], y en fin —ni me acuerdo ni tengo ganas de contar lo que vi allí— todas las demás cosas 105de Delos. Quizá mientras yo lo miraba todo, Aconcio, tú me mirabas a mí, y quizá te pareció que podías aprovecharte de mi ingenuidad. Volvía ya al templo de Diana, soberbio sobre su escalinata —¿qué sitio debería haber más seguro que éste?—, cuando me llega ante los pies la manzana con un poema tal que así… ¡Ay de mí! ¡A punto he estado de 110volvértelo a jurar! La cogió mi ama y me dijo extrañada: «Lee esto», y leí tu trampa, grandísimo poeta. Una vez que pronuncié la palabra matrimonio, muerta de vergüenza, noté que me ponía completamente colorada; tenía los ojos como 115clavados en el regazo, unos ojos que se habían hecho servidores de tus propósitos. Mal hombre, ¿de qué te alegras, o qué victoria has conseguido, o qué mérito tiene un hombre que ha engañado a una muchacha? No me enfrentaba a ti con el escudo de media luna y el hacha, como Pentesilea en tierras 120de Ilión; ningún tahalí de amazona forjado en oro como el de Hipólita[431] fue el botín que sacaste. ¿Por qué tanto regocijo, si tus palabras me enredaron entre palabras[432], y sólo una muchacha ignorante ha sido víctima de tal perfidia? A 125Cidipe la engañó una manzana, una manzana engañó a la hija de Esqueneo[433]; ¿y acaso tú serás ahora un segundo Hipómenes[434]?


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