Cartas de las heroinas - Ibis

Cartas de las heroinas - Ibis

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Tres veces he intentado hablar contigo, y las tres veces se me trabó incapaz la lengua, las tres veces huyó de mí la voz, a flor de labios. Hasta donde se puede y resulta, el amor debe combinarse con el pudor; ahora Amor me manda 10 decir y escribir lo que no se debe. Lo que Amor[103] ha mandado no es cosa segura despreciarlo; él gobierna y tiene poder sobre los dioses soberanos. Él me ha dicho, cuando al principio dudaba si escribirte: «¡Escribe! Ese duro de corazón rendirá sus manos sometidas»[104]. Que él me asista, y que 15 igual que a mí con su fuego devorador me recalienta las entrañas, así te clave a ti sus flechas[105] en el corazón como yo deseo. No romperé yo por liviandades el pacto de los esposos; mi reputación, pregunta por ahí, está libre de mancha. El amor me ha llegado tanto más recio cuanto más tardío. Me quemo por dentro, me quemo y en el pecho guardo 20 una herida sin boca[106]; porque tal como los primeros yugos desuellan a los tiernos novillos, y a duras penas soporta el bocado el potro recién cogido de la manada, así aguanta mal y a duras penas un corazón virgen sus primeros amores, y esta carga no se amolda bien a mi persona. Llega a ser una 25 ciencia cuando lo prohibido se aprende desde los primeros años; la que empieza pasada de fecha ama peor. Tú arrancarás las frescas primicias de la castidad que aún conservo y a la vez tú y yo nos haremos culpables. Tiene su encanto arrancar la fruta de las ramas cargadas, y cortar con uña 30 delicada la primera rosa[107]. Si es verdad que aquel candor primero, al que debo haber vivido sin pecado, tenía que acabar manchado por una falta desusada[108], con todo no ha sido para mal, porque me consumo en un fuego digno; un 35 adúltero abyecto hace más daño que el mismo adulterio. Si Juno me cediera a su hermano y esposo, me creo capaz de poner a Hipólito por delante de Júpiter. Ahora incluso me estoy aficionando[109] —no te lo podrías creer— a prácticas desconocidas; siento deseos de marchar entre los animales 40 salvajes. Ya se ha convertido en mi primera diosa la señalada con el arco recurvo, la Delia[110]; así me inclino yo a tu parecer; me encanta ir al bosque, azuzarles la jauría a los ciervos empujados a las redes, para que corran por lo alto de los montes; o disparar la vibrante jabalina con brazo que se 45 estira, o reposar mi cuerpo en la tierra herbosa. Muchas veces disfruto al conducir el carro ligero por la pista, apretando con el freno los hocicos del veloz corcel. Dicen que ahora me dejo llevar como las Eleleides movidas por el furor de Baco, y como esas que remecen sus panderos al pie del Ida[111], o como aquellas a las que pasmaron las semidiosas Dríades y los Faunos bicornes, al contacto con sus divinos 50 poderes. Porque todo eso me lo cuentan cuando ya se me ha pasado el ataque, y yo escucho callada, sé que es el amor, y me abraso.


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