Cartas de las heroinas - Ibis

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16 PARIS A HELENA[305]

Por la presente, yo, el hijo de Príamo, te deseo a ti, hija de Leda, una salud que sólo puedo alcanzar si tú me la das. ¿Me explico, o no hace falta un delator del fuego que ya se ve, y ya salta a la vista mi amor más de lo que me gustaría? Yo en verdad preferiría que mi amor no se notara5 mientras no me lleguen otros tiempos que no tengan mezclados la alegría y el miedo. Pero disimulo mal, ¿quién hay que sepa esconder el fuego, si él solo se delata por el brillo de su luz? Con todo, si esperas que además añada mi voz a los hechos, «ardo», ésa es la palabra que tienes como embajada de mi10 corazón. Te pido compasión para el que se te ha declarado, y no leas lo que sigue con rostro severo, sino con el que le sienta bien a tu hermosura. Ya me es agradable pensar que, puesto que has recibido mi carta, cabe la esperanza de que igualmente puedas recibirme a mí. Deseo que ésta se confirme,15 y que no te me haya prometido en vano la que me convenció para este viaje, la madre de Amor. Porque me trae aquí un mandato divino —no quiero que peques por ignorancia— y no es un dios cualquiera el que me ayuda en mi empresa. Reclamo una gran recompensa, pero no sin 20merecerla: Citerea te prometió a mi tálamo. Con ella por guía hice un peligroso viaje en mi barco, construido por Ferecles desde la orilla del Sigeo, por mares interminables. Ella me dio las brisas necesarias y vientos favorables; porque la que 25nació en el mar tiene sobre él inmenso poder. Que así siga y que, como el del mar, secunde igual el hervor de mi pecho, y descargue mis votos en su puerto de destino. Estas llamas han venido conmigo, no las he encontrado aquí: ellas son el motivo de un viaje tan largo. Pues no me ha desembarcado 30aquí tormenta aciaga ni extravío; he venido buscando la tierra del Ténaro con mi flota. Y no pienses que he cortado el mar para trasportar mercancías en el barco, ¡que los dioses me conserven lo que tengo! Ni vengo para visitar las 35ciudades griegas; más ricas son las de mi país. A ti te busco, a la que la áurea Venus asignó a mi lecho; a ti, a la que antes de conocer ya deseaba. Antes de verte la cara con los ojos la vi con el corazón; la fama de tu hermosura fue la primera recadera. Y no tiene nada de raro si te amo, como40 es habitual[306], herido de lejos por las flechas arrojadizas del arco: eso quiso el destino; no intentes estorbarlo, escucha lo que te digo con palabras verdaderas.


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