El arte de amar
El arte de amar Tú fuiste el primero, Rómulo, que provocaste un alboroto en medio de los juegos, cuando el rapto de las sabinas llenó de gozo a los varones sin mujeres[20]. Entonces no habÃa toldos colgados en el teatro de mármol ni el tablado habÃa sido salpicado de rojo con perfume de azafrán; entonces unas ramas que 105el frondoso Palatino habÃa hecho crecer, colocadas con sencillez, formaban el escenario sin artificios; el público se sentaba en unos grádenos hechos de césped y se cubrÃa la erizada cabellera con cualquier ramaje. Miran hacia atrás, escogen con la vista a la joven que cada uno quiere para 110sà y en lo Ãntimo de su corazón dan vueltas a muchos planes. Y mientras al ritmo de la flauta etrusca que hacÃa sonar una rústica melodÃa, un bailarÃn golpeaba por tres veces con sus pies el suelo allanado[21], en medio de los aplausos —que entonces eran espontáneos— el rey dio a su pueblo la señal convenida para lanzarse sobre su presa. De repente, mostrando sus intenciones con el vocerÃo, 115dan un salto y echan sus manos deseosas sobre las vÃrgenes. Como las palomas en bandada llena de terror huyen de las águilas, y como la joven cordera huye de los lobos nada más verlos, asà temieron aquéllas a los hombres que sin ninguna ley se precipitaban sobre ellas: a ninguna le 120permaneció el color que antes tenÃa. Pues aunque el temor era el mismo para todas, no era en todas uno mismo el semblante que ofrecÃa el temor: una parte de ellas se mesa los cabellos, otra parte permanece en sus asientos sin saber qué hacer; una guarda silencio entristecida, otra llama en vano a su madre; ésta se lamenta, esta otra se queda estupefacta; ésta no se mueve, aquélla escapa. Llevan a 125rastras a las jóvenes raptadas, botÃn nupcial, y el temor mismo tuvo el poder de hacer hermosas a muchas[22]. Si alguna se revolvÃa más de la cuenta contra su acompañante y lo rechazaba, el hombre la levantaba y la llevaba en sus brazos apasionados, diciéndole asÃ: «¿por qué afeas con no 130lágrimas tus ojos delicados? Lo que tu padre es para tu madre, eso seré yo para ti.» Rómulo, tú fuiste el único que supiste dar placeres a los soldados[23]: si tales placeres me dieras, me harÃa soldado. Lo cierto es que desde entonces, por costumbre inveterada, los teatros siguen siendo también ahora lugares de asechanza para mujeres hermosas.135