El arte de amar
El arte de amar Decid «io, Peán»[1] y decidlo dos veces «io, Peán», porque la presa codiciada ha caÃdo en mis redes. Satisfecho el amante premia mis versos con una palma verde, poniéndolos por delante de los que el anciano de Ascra[2] y el de Meonia[3] escribieron. Con igual 5contento el huésped hijo de PrÃamo dio velas blancas al viento partiendo de la armÃfera Amidas con una esposa raptada[4]. Asà de contento estaba aquel que te llevaba en su carro victorioso, ¡oh HipodamÃa!, que viajaste sobre ruedas extranjeras[5]. ¿Por qué te apresuras, joven? Tu barquichuela de pino navega en medio de las olas y el puerto 10al que me dirijo queda lejos todavÃa[6]. No basta con que la joven haya llegado hasta ti gracias a mi poesÃa: con mi arte la cautivaste, con mi arte debes mantenerla. Y no es menor mérito que el de buscar el de conservar lo que se ha conseguido: en aquello interviene el azar, pero esto será obra del arte.
