Caballero
Caballero —La rectora hizo consultas legales sobre ciertos contratos. Se preguntaba si habÃa manera de denunciarlos sin exponerse demasiado. Pero alguien se enteró de que estaba investigando.
—¿Quién? —pregunta Caballero.
Antes de que Patricia pueda responder, suena su teléfono. Lo mira y se pone pálida.
—Tengo que irme. No me busques más, Gabriel.
Caballero siente cómo la red se cierra a su alrededor. Al salir a la calle, la paranoia se intensifica. Al otro lado de la acera, el coche negro lo espera de nuevo.
Esta vez, la amenaza es clara.
Caballero corre. No mira atrás. Sus pulmones arden, sus piernas amenazan con ceder, pero el miedo lo mantiene en movimiento. Los disparos han cesado, pero la cacerÃa sigue. Se pierde entre callejones, esquivando sombras hasta que finalmente se detiene en una estación de autobuses, mezclándose con la gente.
Solo entonces se permite respirar.
Sabe que su fuente está muerta. Que el alcalde y sus cómplices no se detendrán hasta verlo caer. Y que no puede confiar en nadie.
Pero aún le queda una jugada.
