La aldea perdida
La aldea perdida —Tu conducta, primo, me hace recordar la del emperador Diocleciano. Después de abdicar voluntariamente la corona del Universo en Maximiano, se retiró tranquilamente á su fundo de Salona y se entregó al cultivo de árboles y plantas. Cuando de nuevo vinieron á rogarle que empuñase el cetro respondió sonriendo: «No hablemos de eso. ¡Si hubieras visto las lechugas que produjo mi huerto este año!»… Mas yo no soy de tu temperamento. Tú eres dado á los goces campestres, te recreas con pastores, ganados, danzas rústicas, zampoñas y labores agrÃcolas: yo gusto más de los placeres que proporcionan las artes imitadoras, el trato de las personas cultas y estimables, la carátula, los paseos formados por el arte, las bibliotecas y los jardines.
Estas palabras profirió el Sr. de las Matas de ArbÃn, dejando, como siempre, asombrados y confusos á sus oyentes, que casi nunca medÃan el alcance de su discurso, concertado y elegante.