La aldea perdida
La aldea perdida —Ahí está el hijo del tío Pacho de la Braña —dijo un vecino. —Esta noche los de Lorío metieron en casa á nuestros rapaces, pero no llegaron á la suya riendo. Nolo y los de Fresnedo los alcanzaron cerca de la peña de Sobeyana y les calentaron bien las espaldas.
Todos levantan la cabeza y admiran el porte gallardo de entrambos jóvenes.
—¡Bravo mozo! —exclamó D. Félix mirándole con complacencia.
—No hay otro más real ni más valiente desde el Condado á los Barreros —manifestó el vecino que había hablado. —Si no estuviese picado con nuestros chicos hace una temporada, ni hubiera pasado lo del Obellayo ni lo de ayer tampoco…¿Te acuerdas, Goro, cuando tú y yo solos al pie del puente de Arco detuvimos á nueve mozos de Rivota, dando tiempo para que los nuestros pasaran el río y los cogieran por la espalda?
El tío Goro de Canzana sonríe, da una chupada á la pipa y responde: