La aldea perdida
La aldea perdida —¡Y que lo digas, Joyana! —respondió el interpelado dirigiendo sus ojos á Nolo y Demetria que allá lejos proseguÃan su plática amorosa.
—¿No serÃa lástima que un caramelo tan rico cayese en la boca de este zángano de la cara de pan? —volvió á decir Joyana apoyando su proposición con una blasfemia.
—¡Más lástima que aquella paloma blanca caiga entre las uñas del zote que tiene á su lado! —replicó Plutón devorando con los ojos á la hermosa Demetria y remachando sus palabras con otra blasfemia.
Joyana y Plutón, asà llamados el primero por el pueblo en que nació, el segundo por mote que le puso un ingeniero, eran dos mineros hábiles que habÃa traÃdo consigo el director. Llevaban ya bastantes años en el oficio y habÃan recorrido algunas provincias mineras de España ejerciéndolo. De casi todas habÃan sido arrojados por su natural dÃscolo, propenso á bullas y reyertas. Plutón habÃa estado ya dos años en presidio. Joyana unas cuantas veces en la cárcel. Eran temidos por sus compañeros. Los capataces los mimaban por su destreza y acaso también por miedo. Ambos eran bajos de estatura y no muy corpulentos. Sin embargo, Plutón, aunque de piernas flacas, tenÃa el torso robusto, los brazos largos, la mirada dura, insolente, denotando su estructura de mono bastante agilidad y fuerza.