La aldea perdida
La aldea perdida VivÃa con este matrimonio una sobrina, aquella Eladia simpática que ya conocemos. No sufrÃa por cierto con tanta paciencia los rigores y asperezas de su tÃa. RespondÃa á veces de mal talante; habÃa disputas frecuentes, gritos, amenazas y hasta golpes. Costábale á Martinán mucho trabajo poner paz entre ellas. Cuando después de una de estas reyertas quedaba la pobre Eladia llorosa y con algún rasguño en las mejillas, solÃa tomarla su tÃo de la mano y conducirla á un rincón para emplear con ella las fuerzas dialécticas con que Dios le habÃa dotado.
—Vamos á ver, niña, respóndeme. ¿Quién ha hecho á tu tÃa?
Eladia le miraba estupefacta sin despegar los labios.
—Vamos, respóndeme, ¿quién ha hecho á tu tÃa?… ¿La has hecho tú?
—Yo no.
—Entonces ¿quién?
—Será Dios —respondÃa la joven con mal humor.
—¡Ah, Dios! —exclamaba triunfante Martinán. —Y si tú la hubieras hecho, ¿no la habrÃas dado un genio más suave, más alegre?
—¡Ya lo creo!
—Luego tú eres capaz de hacer las cosas mejor que Dios, ¿no es cierto?