La aldea perdida

La aldea perdida

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En esta triste situación la sorprendió Flora al entrar para darle los buenos días. Vuela hacia ella, la abraza y le pregunta anhelante qué le sucede. D.ª Robustiana, temiendo que llegue su marido, la toma de la mano y la conduce al cuartito que ocupaba la zagala, y allí desahoga en ella su pecho. «¡Un tarro de dulce!, ¡tres libras de chocolate!, ¡botellas de Jerez!».

—Señora, ya sabe usted que el chocolate es malo en las posadas.

—¿Y para qué quiere tres libras?

—No sabrá el tiempo que necesite permanecer en Langreo.

—¡Y la flauta!, ¿la flauta? ¿Para qué necesita la flauta? ¿Les va á tocar á los colonos alguna polka para hacerles pagar la renta? —exclama la buena señora con desesperación.





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