La aldea perdida
La aldea perdida —¡Mal rayo! —prosiguió escupiendo por el colmillo como un gitano de pura sangre. —¿Sabes, niño, lo que yo harÃa en tu caso el dÃa que la tÃa Jeroma cerrase el ojo?… Pues meterÃa en un cinto esa gran calceta de peluconas que tiene guardada, comprarÃa un jaco extremeño y no pararÃa hasta dar vista á la Giralda. Y allà ¡venga de cañitas de manzanilla, y venga de pescado frito, y de aceitunitas y alcaparrones!… ¡y venga de aquÃ!, (batiendo las palmas) ¡y venga de allÃ!, (moviendo las piernas) y sobre todo venga de serranitas salás como las pesetas. Yo te certifico, grandÃsimo zángano, que antes de un mes no te pesarÃan tanto las nalgas como ahora… ¡Ay, niño, si hubieses conocido á la Carbonerilla!… ¡Gachó, qué mujer!… VenÃa con su madre á recoger la ropa de la compañÃa porque eran lavanderas. El sargento la echaba piropos y el furriel de mi escuadra no la dejaba ni á sol ni á sombra. Pero ella preferÃa al gallego… El gallego era yo, ¿sabéis? Allà nos llaman gallegos á los de acá. Un domingo por la tarde salimos juntitos orilla del Guadalquivir por aquellos campos y merendamos en un ventorrillo, y yo me puse como una uva. ¡Vaya una tardecita aprovechá! Cuando volvÃamos nos tropezamos en el camino con el furriel. Ya podréis presumir cómo se le pondrÃa el hÃgado. El hombre nos saludó muy cortés y se acercó á nosotros; pero al poco rato, como necesitaba escupir la bilis, sobre si yo habÃa dejado por la mañana las tablas del camastro arrimadas á la pared ó en el suelo, me largó una bofetada… Allà vierais á la Carbonerilla hecha una leona fajarse con él á pescozones. ¡Pin pan!, de aquÃ, ¡pin pan!, de allá… En fin, que el hombre se vió negro para librarse de sus uñas…